Estamos a 3 semanas de lo que será una más de las “fiestas democráticas” que se viven en Bolivia por estos tiempos. Y es que en Bolivia nos hemos acostumbrado a la “fiesta” y a prepararlas, pero aún no tenemos idea de como vivir sus consecuencias. Aún estamos peleando porque las preguntas no son imparciales; porque las proporciones establecidas para “ganar” o “perder” son injustas; porque la Corte Nacional Electoral ya no es un referente de imparcialidad y se teme fraude; porque sólo 4 de los 5 prefectos autonomistas aceptaron el desigual desafío; porque Morales ha puesto en marcha un campaña alimentada por petrodólares caribeños; en fin, motivos no faltan.
Y todo esto para qué? Para absolutamente nada.
Al final de cuentas llegará ese 10 de agosto con los bolivianos peleando hasta el último instante. También llegará el 11 de agosto y sabremos quien “ganó” o quien “perdió”, sin darnos cuenta que perdimos todos sin importar quién obtuvo más votos. Claro, hasta ese día muchos mantendrán la ilusión, como la mantuvieron con la Asamblea Constituyente, de que el 10 de agosto todo se resolverá por arte de magia; que Evo (si gana) pensará más en su país y no tanto en su etnia o su afiliación (o ignorancia) política; que los prefectos (si ganan) harán lo propio y dejarán de lado intereses sectoriales y económicos; que los problemas (llámese inflación, falta de inversión, racismo, etc., etc.) serán cosa del pasado; que Bolivia podrá mirar de frente al futuro con esperanza y sin complejos (ni de defensor de la soberanía latinoamericana, ni de hermano pobre de nuestra América) …
…, ah, nada más que ilusiones….
…, pues nada cambiará ese día. Si gana Morales, las regiones buscarán otros actores (comités cívicos y uniones juveniles) que presenten la lucha al “centralista, retrogrado y racista” gobierno central; si pierde Morales, el MAS llamará a sus SS (sectores sociales) a luchar “contra los sediciosos y racistas” oligarcas del oriente. Existe una tercera posibilidad, que Morales y prefectos pierdan; sólo entonces podremos dedicarnos a lo que mejor hacemos preparar la siguiente “fiesta democrática”, lo que por supuesto significa más pelea.
Bolivia no tiene, y no tendrá en un futuro cercano, la habilidad (por no hablar de la intensión) de aceptar las consecuencias de las decisiones del pasado; nos acostumbramos a no respetar aquello que no nos gusta (sea la luz roja de un semáforo o los resultados de las últimas elecciones). ¿Cómo puede hablarse de institucionalidad bajo estas condiciones? Simplemente no es posible. Con mayor frecuencia leo en la prensa llamados a “cuidar la frágil institucionalidad”; yo me pregunto y pregunto a todos ¿cuál institucionalidad?, en Bolivia ya no existe, Morales y su gente se han encargado de destruirla, no sin la ayuda del resto, claro está, pero sí como el instigador cuando su responsabilidad histórica era precisamente defenderla.
Da lo mismo lo que suceda el 10 de agosto de 2008 o el 6 de agosto de 2009 o 2010, quizás ya no sean los Morales, García-Lineras, Quirogas, Reyes-Villas, Costas, Marinkovic, etc., es probable que entonces hablemos de otros apellidos, pero Bolivia seguirá siendo el campo de batalla de personas que están dispuestas a anteponer intereses personales y sectoriales por encima de un ideal de país; de personas para quienes la raza o etnia es más importante que el “vivir bien” y en armonía con otros; de personas que confunden patriotismo con patrioterismo; de personas que creen que hacer política es destruir al enemigo; de personas que no conocen siquiera el significado de las palabras empatía, y menos aún, respeto.
¿A quién puede extrañarle entonces que en un país con 9 millones de habitantes, existan más de 3 millones viviendo en el extranjero? Después de todo, vivir en una constante “fiesta democrática” puede cansar hasta al más asiduo parrandero.

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