El día de ayer en La Razón, un columnista escribió:

“[Con la Asamblea Constituyente] se abrigaba … la esperanza de que al final del proceso se adoptarían acuerdos fundamentales sobre un orden político renovado que garantice la cohesión social a partir de cimientos republicanos idóneos para permitir prácticas económicas y sociales diferenciadas según usos y costumbres de las diferentes culturas que habitan en el país.”

Esta afirmación no es  completa si no se agregan ciertos elementos al análisis que son muy importantes. Primero, esta visión fue quizás el slogan o frase publicitaria que se usó en su momento para justificar la AC. Fue quizás lo que muchos quisieron creer cuando vieron que ya no había vuelta atrás con este cuento de hadas convertido en cuento de terror. Segundo, es necesario reconocer que aquellos que no se limitan a creer sino a proponer, me refiero a la clase política, tenían una visión completamente distinta a este romántico ideal de Asamblea Constituyente. Los unos (la mayoría que ahora es gobierno) veía la oportunidad para hacer precisamente lo contrario y “descolonizar y reparar 500 años de opresión”; veían la oportunidad de obtener la legitimidad (pues las herramientas ya las tienen y se llaman gobierno) para desterrar cualquier visión opuesta a la “racista dictadura de los movimientos sociales” que pregona el MAS. El resto de esta clase veía en la AC una amenaza inminente sobre el frágil (y en su mayoría, corrupto) orden institucional que habían construido  para beneficio propio.

Entonces no nos engañemos y reconozcamos que todos veían cosas distintas, el “pueblo” veía lo que le mostraban (aún muestran) sus colores políticos; el gobierno veía una oportunidad de acumular mayor poder camuflada en la bandera de la “reivindicación indígena”, y la oposición una amenaza al orden institucional vigente que le era tan cómodo.

Muchos dirán que no reconocerle al “pueblo” la capacidad de raciocinio o la capacidad para distinguir entre el discurso político demagógico y las reales intensiones de un grupo, es menospreciarlo. Es posible, pero, como entonces explicar que Bolivia se haya embarcado en algo tan inútil y que está generando tanta división y enfrentamiento. Consideren por un momento la alternativa, es decir, que el “pueblo” supiese y apoyase las reales intensiones del llamado o rechazo a la AC. Este caso, claramente, sería más sombrío, pues una parte del “pueblo” estaría avalando  la toma del poder para la erradicación de visión opuestas, y el resto, buscaría mantener un status quo que fue el que nos llevo a esta situación en primer lugar. Aquellos que no caen en ninguna de estas categorías fueron los que emigraron con pasaje de ida solamente, que no fueron pocos y su número sigue aumentando. Este último escenario significaría que no hay solución posible para Bolivia; que se cumple la tesis aquella que dice: “cada pueblo tiene a los gobernantes que se merece”; significaría que aquellos que no estamos de acuerdo con una u otra posición sólo nos queda la alternativa de hacer las maletas e irnos (o no volver si ya salimos).

Me niego a aceptar esta realidad, prefiero creer por ahora que el “pueblo” no supo distinguir lo que se le venía encima. Después de todo la ignorancia se corrige con educación, pero la falta de valores cívicos y morales son casi imposibles de corregir. Prefiero pensar que la solución para Bolivia vendrá de la mano de una “simple” renovación de nuestros gobernantes y no se trata de un mal endémico propio de la naturaleza misma de lo que significa vivir en Bolivia. ¡Que triste sería!, ¿no creen?


No Responses to ““Cada pueblo tiene los gobernantes que se merece””  

  1. No Comments

Leave a Reply